jueves, 20 de mayo de 2010

100 años después de La Sucesión Presidencial


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100 años después de La Sucesión Presidencial


100 años después, México se enfrenta a las fiestas de centenario y bicentenario donde la mayoría de los actores, no son capaces de mirar la historia en su totalidad. Porque mal papel damos al pasado, cuando mediante el cohetón y la flor de ornato, anunciamos su recuerdo, mientras el presente se carcome por la falta de conocimiento histórico


México, DF.- En 1910 se publicó el libro La Sucesión Presidencial de 1910 con el cual Francisco I Madero, hombre de empresa y negocios privados, se encarga de bosquejar la situación por la que cruzó el México de aquella época, describiendo la forma de gobierno, la corrupción, el estado de la dictadura del general Porfirio Díaz; así como los caminos en que México, con el Partido Antirreleccionista a la cabeza, se habría de enfrentar en la defensa de la incipiente democracia. Esta obra que se distribuyó ampliamente, representa el esfuerzo de un hombre por comunicar a sus congéneres la manera en como solucionar, paliar, una situación de grave corrupción política.


Madero señala dentro de los móviles que lo guiaron para escribir el libro:

“Como la inmensa mayoría de nuestros compatriotas que no han pasado de los 50 años (¡dos generaciones!) vivía tranquilamente dedicado a mis negocios particulares, ocupado en las mil futilezas que hacen el fondo de nuestra vida social, estéril en lo absoluto! Los negocios públicos poco me interesaban, y menos aún me ocupaba de ellos, pues me había acostumbrado a ver a mi derredor que todos aceptaban la situación actual con estoica resignación, seguía la corriente general y me encerraba, como todos, en mi egoísmo. (…) Por otro lado, consciente de mi poca significación política y social, comprendía que no sería yo el que pudiera iniciar un movimiento salvador, y esperaba tranquilamente el curso natural de los acontecimientos, confiando en lo que todos afirmaban: que al desaparecer de la escena política el señor General Porfirio Díaz, vendría una reacción a favor de los principios democráticos; o bien, que alguno de nuestros pro-hombres iniciara alguna campaña democrática, para afiliarme en sus banderas. (…) Ese indiferentismo criminal, hijo de la época, vino a recibir un rudo choque con los acontecimientos de Monterrey el 2 de abril de 1903 (donde oposicionistas al régimen fueron reprimidos despiadadamente) (…) Entonces, comprendimos que era deber de todo ciudadano preocuparse por la cosa pública, y que el temor o el miedo que nos detenía, era quizá infundado; pero seguramente humillante y vergonzoso. Por estas razones, nos formamos el propósito de aprovechar la primera oportunidad que se presentara, para unir esfuerzos a los de nuestros conciudadanos, a fin de principiar la lucha por la reconquista de nuestras libertades”.


De este modo, Madero nos llama 100 años después a recorrer con él el camino de la Revolución que terminó con la dictadura de Porfirio Díaz e instauró el México del siglo XX.


CLIMA EXPLOSIVO EN 1910


El punto de partida de la gesta revolucionaria no se encuentra en la entrevista del general Porfirio Díaz con el periodista James Creelman, sus raíces vienes de mucho tiempo atrás. La revolución tiene como objetivo general el derrocar a la dictadura, lo que se logra fácilmente debido a lo carcomido del régimen. En el fondo existen grandes problemáticas como la tenencia de la tierra, el alto acaparamiento de la propiedad rural y la desigual distribución de la riqueza. Francisco Bulnes en “El verdadero Díaz y la Revolución” señala una lista de multimillonarios: Porfirio Díaz; Enrique Creel, Secretario de Relaciones; Justino Fernández, Secretario de Justicia; Olegario Molina, Secretario de Fomento; Ramón Corral, Secretario de Gobernación; José Ives Limantour, Secretario de Hacienda y Manuel González, Secretario de Guerra. En cuanto a los gobernadores figuran como multimillonarios: Luis Torres, de Sonora; Mucio Martínez, de Puebla; Policarpo Valenzuela, de Tabasco; general Fernando González, del Estado de México; Pablo Escandón, de Morelos y Guillermo L. Escandón, del Distrito Federal.


Para entender la situación de 1910, es necesario observar las estadísticas de entonces: la población total del país es de 15, 160, 269 habitantes; los hacendados que poseen grandes latifundios son en total 830. Los agricultores son 410,345, mientras los jornaleros del campo hacen un total de 3, 123,975, laborando en 8,431 haciendas y 48,633 ranchos. Las haciendas llegan a tener en algunos casos extensiones de 3 millones de hectáreas, porque el general Luis Terrazas de Chihuahua, es poseedor de 6 millones de hectáreas. Cerca de 12 millones de mexicanos, en ese tiempo dependen del salario rural: de 18 a 25 centavos diarios y representan el 80% de la población. El kilo de frijol valía diez y el de arroz trece centavos en la tienda de raya, marcan infame de los latifundios, que hacían del peón un esclavo. Los datos de 1903 a 1912 señalan que la agricultura no es próspera, puesto que hay necesidad de importar maíz por 27 millones de pesos, y además se erogan 94 millones en la adquisición de otros granos.


En 1906 Weetman Pearson, un inglés y Edward L. Doheny, un norteamericano, obtienen la concesión para explotar la riqueza petrolera, cuando el 24 de diciembre de 1903 se aprueba la ley concediendo el permiso. El capital extranjero también logra extenderse por el centro del país, en 145 fábricas con una producción de $43, 370,012, ocupando en 1910 a 32, 229 obreros, los cuales carecen de protección laboral.


Paralelamente se expedita la presencia de la banca extranjera. Las operaciones se consolidan el 16 de agosto de 1881, cuando se establece el Banco Nacional Mexicano y Eduardo Noetzlin, agente de banqueros franceses, sugiere la supresión de los antiguos medios de financiamiento, teniéndose el concurso de capitales estadounidense, suizo, español, francés e inglés.


En 1910 funcionan treinta y dos bancos federales con un capital pagado de $172,655, 400, mientras el fondo de reserva es de $61,461,425. Una idea de la situación del país en lo que respecta a las comunicaciones, lo constituye la red de ferrocarriles que en 1910 tiene una extensión de 24, 559 kilómetros.


En cuanto al rubro de educación, México está en una época oscura, medieval, casi salvaje, a pesar de los intentos del grupo de científicos, que con hombres como Gabino Barreda, intentan implantar a Augusto Comte, en un positivismo mexicano, que será el enemigo que destruirán los jóvenes del Ateneo de la Juventud dirigido por jóvenes como José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Antonio Caso, de la mano de mentores como Justo Sierra.


Después de la muerte de Maximiliano, Juárez entra a al ciudad de México el 15 de julio de 1867 y con él florece la esperanza de un país en paz. En 1871 Porfirio Díaz, en el Plan de la Noria defiende el principio de no reelección. Sin embargo, Díaz tiene sus objetivos claros, y el 1 de diciembre de 1875, en ocasión de la campaña política que le permite a Sebastián Lerdo de Tejada reelegirse para nuevo mandato, esgrime de nuevo el estandarte de la no reelección. Pero las filas de Lerdo de Tejada se fracturan rápidamente y Díaz Mori llega al poder fácilmente después de proclamar el Plan de Tuxtepec. A partir de entonces, y hasta el 25 de mayo de 1911 su presencia dominará las riendas de México, ya sea con testaferros, o reelección tras reelección.


La generación joven de entonces, esa que entraba anchurosa al siglo XX, comienza a desesperezarse, a sentir la imperiosa necesidad de cambiar la forma de gobierno. Los precursores encararon la represión y la muerte en Cananea, Río Blanco, Orizaba y Puebla. Pero al labor de los liberales fructifica: Francisco I. Madero polariza simpatías y tiene apoyo general para su famoso Plan de San Luis – cuando ya el país s ha estremecido con la “Sucesión Presidencial”-; el Plan establece el compromiso de levantarse en armas el 20 de noviembre de 1910, y en efecto, la andanada ocurre.


LA SUCESIÓN PRESIDENCIAL EN 1910


Don Francisco Ignacio Madero, distinguido precursor de la Revolución Mexicana de 1910, inició la lucha difundiendo sus ideas en un histórico libro que escribió en 1908, denominado “La Sucesión presidencial en 1910”. En él analiza y reflexiona acerca de los principales problemas que ahogan a la sociedad mexicana, después de más de treinta años de gobierno dictatorial por parte del general Porfirio Díaz Mori.


También reconoce que la familia Madero, acaudalada como él mismo Francisco, no tiene resentimiento alguno contra el gobierno federal, estatal y demás autoridades locales, por el contrario, afirma que sus negocios y diversos asuntos marchan sin interferencias.


Elogia al general Díaz, los hechos de guerra en que participó y que lo llenaron de honor y gloria durante la invasión francesa, pero destaca con agudeza, y a veces con ironía, los grandes errores que ha cometido en la conducción del gobierno de la República.


Aclara que existen otros generales como Escobedo y Corona que obtuvieron victorias más brillantes y espectaculares que el general Díaz y son embargo, no fueron dimensionados como se lo merecían.


En Querétaro, el general Escobedo dio el triunfo a los liberales sobre los franceses y conservadores, hecho que permitió la captura de Maximiliano de Habsburgo y sus principales colaboradores, quienes fueron juzgados conforme a las leyes vigentes y después pasados por las armas en el Cerro de las Campanas. Con esto terminó el sueño de Napoleón III, quien pretendió extender sus dominios hasta el continente americano.


Madero nos narra como Benito Juárez Maza, Presidente de la República, regresó triunfante ala capital del país, y todo aparentaba que por fin llegaría la anhelada paz, tras cruentos años de guerra; mas no fue así. Expulsados lo invasores del territorio, el presidente Juárez tomó la decisión de licenciar a gran parte del ejército por no ser ya necesario y carecer de recursos para mantenerlo. De la noche a la mañana, miles de hombres abandonaron los cuarteles y fueron expulsados a la calle sin ocupación alguna, ya que lo único que dominaban eran las armas. Esto se convirtió en un verdadero peligro y sólo se esperaba que un jefe de prestigio los convocara para hacer lo que sabían. Entre los generales licenciados estaba Porfirio Díaz. Todos los que habían participado en la guerra y eran ameritados, comprendieron que la Patria nunca más les recompensaría sus denodados esfuerzos y empezaron a conspirar.


Francisco Madero escribe en su libro que Juárez se postula y reelige para un segundo periodo presidencial, pretexto que esgrime el general Díaz para insurreccionarse en 1871, con su Plan de la Noria. Es atacado y vencido, pero en 1872 el Presidente Juárez muere de un ataque al corazón y es sustituido por el ilustre jurisconsulto Sebastián Lerdo de Tejada.


Díaz astutamente espera la segunda oportunidad para alcanzar sus propósitos. En marzo de 1876 lanza el Plan de Tuxtepec y aunque afirma que no es su deseo alcanzar la presidencia de la República, se enfrenta a las fuerzas gubernamentales en Tecoac, las vence y de ahí marcha a la ciudad de México en donde, al llegar, es proclamado por sus seguidores como presidente de facto por cuatro años. Al término de su gestión no puede reelegirse porque lo prohíbe la constitución de 1857, entonces maniobra para que sea electo el general Manuel González, su amigo leal, después de esta interrupción de cuatro años se reelige por cinco periodos consecutivos.


Francisco I. Madero llama a este fenómeno “militarismo” y con ejemplos demuestra que le ha hecho mucho daño al país. Afirma que para mala fortuna de México este fenómeno se manifestó desde que se consumó la independencia. Todos aquellos héroes que contribuyeron a lograrla se sintieron con derecho a ser presidentes y para ello prepararon y ejecutaron asonadas. En la lista que menciona destacan: Iturbide, Bravo, Guerrero, Juan N. Álvarez, Anastasio Bustamante, Santa Anna, Comonfort, Zuloaga y Porfirio Díaz. A este último, le tocó poner fin al militarismo, aplicando la política de incorporar a liberales y conservadores a su equipo de trabajo, así como lograr una reconciliación con el clero. Los que no se dejaran cooptar recibirían “pan o palos” o con cualquier pretexto “La Ley Fuga”.


Bajo este esquema logró que los diputados, senadores y casi todos los gobernadores fueran sus incondicionales, sólo entonces reformó la constitución vigente en el sentido de que habría una sola reelección para presidente de la República; a la vez, los gobernadores quedaron facultados para reformar las constituciones locales con el mismo fin. El pacto estaba hecho, el presidente respaldaría a los gobernadores para que se reeligieran indefinidamente y estos a cambio, lo sostendrían, sin condiciones en la silla presidencial. El único elemento antirreleccionista que se daba era que alguno de ellos muriera. Los gobernadores siguiendo el ejemplo del presidente nombraban a los jefes políticos y presidentes municipales que se fueron perpetuando en el poder, formando verdaderos cacicazgos.


A continuación Madero diserta en su libro sobre el poder absoluto, dando un periplo desde la antigüedad, en Egipto, Asia, la Europa antigua hasta llegar a los tiempos modernos, donde el poder absoluto se confronta con la democracia. En el capítulo IV titulado “El Poder absoluto en México”, se describe las pruebas de que existe el poder absoluto en México, narrando la guerra de Tomóchic, contra los Yaquis, y los indios mayas; asimismo, se habla de las huelgas de Puebla, Orizaba y Cananea. Y se enumeran los fracasos de la dictadura del general Porfirio Díaz en los rubros de Instrucción Pública, Relaciones Exteriores, Progreso Material, Agricultura, Minería e Industria y Hacienda Pública.


A continuación, el autor se pregunta: “ A dónde nos lleva el general Díaz”, y para ello analiza la declaración al periodista estadounidense Creelman, la cual considera engañosa si se parte de ella para saber el camino que el dictador pretende realizar; sin embargo asegura que el “general Díaz desea seguir en la presidencia reeligiéndose una vez más, y dice también que no piensa cambiar de política ni quiere permitir ninguna libertad a la nación, siquiera para que ésta designe al que ha de sucederle”. ¿Quién podrá escoger Díaz como su vicepresidente y quizá sucesor? Es una pregunta que todo el mundo se hace. Esta división ha dado por resultado la formación de dos partidos políticos, el Científico, representado por Ramón Corral y el Reyista, que encabeza el general Bernardo Reyes. Madero expresa: “ Con toda sinceridad hemos expresado nuestra opinión sobre el General Reyes, así como sobre el señor Corral; y ella nos obliga a decir lo siguiente: si creemos que estos dos personajes serán funestos en la presidencia de la República, se debe principalmente a que continuarían el régimen de poder absoluto, cuya prolongación sería mortal para nuestras instituciones y peligrosa para nuestra independencia”.


En seguida, el autor se pregunta si México está apto para abandonar el sistema de poder absoluto y transitar por la vía de la democracia. Dos factores se analizan para saber si México está apto para la democracia. Por un lado, se señala que el pueblo mexicano es analfabeta en un 84%. Madero señala que esto no debe sobredimensionarse, pues generalmente los pueblos democráticos son dirigidos por jefes de partido, que se reducen a un pequeño número de intelectuales. Por ello “en México pasará lo mismo y no será la masa analfabeta la que dirija al país, sino el elemento intelectual”. El segundo factor a analizar es el militarismo mexicano, que no reconoce más ley que la de la fuerza bruta y que será el escollo principal para hacer uso de los derechos electorales.


Para resolver este problema, el autor recomienda luchar con constancia para que se logre el primer cambio de funcionarios por medios democráticos. Y esto se logrará si la nación se organiza en partidos políticos y logra que los candidatos electos por el pueblo lleguen al poder, y esta decisión es acatada por el general Díaz.


Así surge el Partido Antirreleccionista en el cual predomina la idea siguiente: “Trabajar dentro de los límites de la Constitución, porque el pueblo concurra a los comicios, nombre libremente a sus mandatarios y a sus representantes en las Cámaras”. Tal partido se regirá por dos principios: Libertad de Sufragio y No Reelección. Para crear este partido deberán formarse clubs en todas partes del país, los cuales con el tiempo deberán dar cabida a un Club Central Director.


100 AÑOS DESPUÉS


Releer la historia de México, desde este siglo XXI, donde la alternancia en el poder terminó con la hegemonía del PRI y ha dado a otras fuerzas políticas la oportunidad de regir los destinos del país ha cambiado la manera de pensar el pasado.


La historia contada desde el PRI siempre exaltó a la Revolución Mexicana, porque de este movimiento emanaba su esencia. De este modo, el Partido Revolucionario Institucional -al modo de Tlacaélel que reescribió la historia de los aztecas- justificaba su existencia narrando desde el poder, el modo en que debía interpretarse correctamente la historia, la manera en como correspondía conocer a los héroes, lo cual devino en biografías oficiales de Carranza, Obregón, Calles, Villa, Zapata y demás figuras que conformaron el panteón priísta.


Es por ello que esfuerzos de varios historiadores fueron vetados por décadas como ocurrió con el libro “La Revolución Mexicana” del historiador Jean Meyer, que desmitificaba a los héroes nacionales, y contaba una versión realista de la Revolución.


Sin embargo, 100 años después, la Revolución Mexicana, está cubierta de oropeles descarapelados y nuevos héroes. De este modo, la nueva historia de la Revolución reconoce que la pobreza, la explotación de las haciendas, el peonaje esclavizante y el ínfimo nivel de vida de la población mexicana de 1910, aunado a la dictadura de Díaz detonaron el movimiento social.


No obstante, hoy se establece el juego de los intereses geopolíticos en la conformación del México del siglo XX, el entramado de intereses comerciales, la injerencia de otros países sobre la vida política mexicana.


Y es que se nos enseñó, que el pueblo cansado de la explotación española se levantó en masa y así logró la independencia. Asimismo, se dijo que el pueblo cansado de la dictadura y mano férrea de Díaz, se insurreccionó, pero que antes Madero intentó una transición pacífica, lo cual no pudo lograrse por las ambiciones del general Victoriano Huerta. Entonces los caudillos, verdaderos representantes del clamor popular se levantaron contra los explotadores. Nada más falso y en el caso de revolución, más mendaz.


Lo cierto es que la Revolución Mexicana como cualquier fenómeno social, fue resultado de un entresijo de intereses, donde los actores se contradijeron muchas veces, donde otras tantas se aliaron con sus enemigos y en otras fusilaron a sus antiguos aliados. De este modo, vemos que quienes alguna vez levantaron en brazos a Emiliano Zapata, fueron los mismos que lo asesinaron en Chinameca, y todos, asesinos y asesinados, pasaron a la historia como héroes, así indiferenciados.


100 años después, México se enfrenta a las fiestas de centenario y bicentenario donde la mayoría de los actores, no son capaces de mirar la historia en su totalidad. Porque mal papel damos al pasado, cuando mediante el cohetón y la flor de ornato, anunciamos su recuerdo, mientras el presente se carcome por la falta de conocimiento histórico.


Por ello, quienes toman las grandes decisiones políticas y sociales de nuestro país se dejan influir más por las nuevas teorías extranjeras, por los análisis mercadológicos y de impacto de imagen, que por la pulpa viviente de la historia nacional, que vive en cada uno de nosotros y que respira en cada municipio de este variopinto mosaico llamado México.


Es que 100 años después las quejas de Francisco Madero siguen siendo válidas, y esto ocurre así, porque la realidad de México no ha cambiado de fondo, porque cambiamos la dictadura del Caudillo, por la dictadura del Partido, porque quien llega al poder desea perpetuarse en él, por todos los medios posibles.


Porque 100 años después, sigue habiendo un gran atraso educativo, una falta de tecnología propia; porque los recursos del país se encuentran en manos ávidas; porque 100 años después las clases poderosas siguen dictando los derroteros del país, desde los medios electrónicos, único rasero “democrático”.


Madero vivía tranquilo, en la paz de sus negocios privados, creyendo ser demasiado pequeño para lograr cambiar algo en la nación. Pero un día se decidió y todo vino a cambiar. Junto a él se decidieron muchos hombres que esperaban el llamado de otro más valiente. Otros más esperaban el pretexto para extender sus comercios, minas y sembradíos.


Y se unieron al movimiento todos, porque la “bola” prometía. El resto en taburetes extranjeros sonreía ante tan afortunada suerte. Y el pueblo, esa idealización majestuosa, esperanzado creía en un gobierno mejor, en democracia y justicia. Cien años después aún el pueblo espera se cumpla la palabra de Francisco I. Madero.

Valentín Perea Acevedo

REVISTA ESTILO GRÁFICO

PROPUESTA OAXACA

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